-Ahora escribo pájaros./ No los veo venir, no los elijo./ De golpe están ahí...-. Sirvan estas palabras de Cortázar, inspiradoras como pocas, como mágico umbral para ingresar al universo de esta Antología de cuentos. Precisamente Julio Cortázar, autor de relatos memorables como -La noche boca arriba-, -Verano-, -Bestiario-, -Final de juego- y el clásico -Casa Tomada-, ha reflexionado con respecto al género: -Contar es dotar de tiempo y espacio a una miserable anécdota, condenarla y someterla a una alta presión espiritual y formal que provoca su apertura-. Y es gracias a esta alta presión, sumada al oficio, que hasta las tramas más pequeñas y sencillas desembocan muchas veces en historias memorables. Basta un examen de la cuentística italiana de post guerra, a través de narradores tan eximios como Alvaro o Calvino para saber de qué estamos hablando. Será, tal vez, que todo cuento verdadero describe un círculo acabado que dota de un registro único hasta la más mínima historia, sin necesidad de trucos estilísticos o fuegos artificiales. A diferencia de la novela, el cuento nos propone un asombro y una interpretación, inventa e instituye sus propias reglas, esconde una pizca de algo extraño e irrepetible, de algo misterioso a punto de diluirse antes de llegar al punto final.
Horacio Quiroga, uno de los más grandes cuentistas de la Literatura Hispanoamericana, sostenía que un buen relato, una vez concebido el argumento, debía responder a determinadas reglas al mejor estilo de -una emoción que vivió, murió y resucitó con belleza-. De esta misma belleza surgen los cuentos de la presente antología, iluminados con esa extraña atmósfera que antecede a los grandes eclipses y protagonizados por criaturas con entidad e identidad propias. Si hay un rastro en común que los une es, precisamente, la diversidad de pistas sobre la que sus autores han registrado el eco de sus voces, imprimiendo sorpresa, ternura, sensualidad, intriga, juego, descaro, sabiduría, humor, amor, según el caso. Tal vez la esencia del criterio elegido para el armado de Cuentos como pájaros, se resuma en el concepto de otro grande, Jorge Luis Borges, quien escribió: -narrarás los hechos como si no se los entendiera del todo, simulando pequeñas incertidumbres, ya que si la realidad es precisa la memoria no lo es-. En todos los textos seleccionados esta incertidumbre o fluctuación constante están presentes; las diferencias entre unos y otros varían según las herramientas que se emplearon en el difícil oficio de escribir.
Por último, quienes estén dispuestos a dar los primeros pasos por esta calle larga, arbolada de tinta y sangre, de sueños y viajes, serán testigos de paisajes impostergables. Hasta tendrán la oportunidad (y la ventaja) de asomarse de tanto en tanto a ventanas por donde se filtran todas las preguntas y casi ninguna respuesta. Es que -en la articulación entre la anécdota narrada y el estilo de narración, es donde reside el secreto del texto y donde podemos asistir a ese deslumbramiento de la palabra que alternativamente puede asumir el rol de perro fiel, de cuchillo o de dado-, nos advierte la gran cuentista argentina Luisa Valenzuela. Y es sabido que nadie nunca podrá llegar a pergeñar -el gran cuento- si no domina el lenguaje, su lenguaje. La palabra es el pequeño gran andamiaje de las ideas. Y esas ideas, de las historias mismas. Historias que conforman el microcosmos paralelo al que llamamos cuento y que nos viene acompañando desde los orígenes de la Humanidad. Por suerte para los lectores. Porque escribir y leer son las dos caras de esa gran incógnita que es la vida, ese fabuloso interrogante que ni la muerte puede opacar.
Ya lo decía Cortázar: -Ahora escribo pájaros./ No los veo venir, no los elijo./ De golpe están ahí, son esto:/ una bandada de palabras/ posándose una a una/ en el alambre de la página,/ chirriando, picoteando, lluvia de alas/ y yo, sin pan que darles, solamente/ dejándolos venir./ Tal vez sea esto un árbol.../ o tal vez, el amor-. |