Los que hemos tenido el privilegio de ver crecer la obra de José Antonio Bravar podemos compararla con la de un diestro forjador que, en la incandescencia de su fragua pone al ojo su barra de metal estoico y luego, golpe a golpe, concreta con visión clara y perseverante la promesa de su sueño.
Sí, así, como el herrero sobre el yunque, Antonio ha golpeado sobre las teclas de su computadora día tras día el metal ígneo de su inspiración. Con perseverancia su martillo de fe ha ido dándole forma; lo ha obligado a transformarse en la frase, el párrafo, el inicio, el desarrollo y el desenlace que proyectara desde el primer momento, que estaba dentro de él, que propugna por ser, por adquirir la entidad propia de una obra acabada, total.
Ni fácil, ni breve ni sencillo ese mester: ha requerido la fuerte voluntad que encauza la palabra, que le da actitud impenetrable; palabra que este forjador busca, exprime, domina y, en ocasiones, encontrándola insuficiente en su expresividad, renueva, crea, inventa, hasta darle la tensión máxima que su temperamento creativo exige.
Luego, cuando la idea ya estuvo plasmada, cuando ya había dicho lo que debía decir, Antonio, pertinaz moldeador de su prosa, no se ha sentido satisfecho, sino que, con ahínco, ha pulido cada detalle una y otra vez para entregar por fin el fruto acendrado de su maestría, tras el severo peregrinar hacia la perfección.
Bienvenida esta obra primigenia donde el talento y el trabajo se han conjugado para ofrecernos un puñado de cuentos en los que la imaginación y la destreza narrativa surgen a cada renglón para el goce, el sentimiento y el asombro del lector, destinatario lógico de este forjar artístico, llamado a compartir la culminación de un ideal hecho realidad en este libro. |